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Me cuesta



Ilustración de Luis RoyoMe gusta sentirme cómoda delante de personas a las que solo les importas tú, que dejan a un lado tu procedencia, tu situación sea cual sea, tus ideas... me gustan las personas que fijan su mirada en Jana, solo por ser Jana y que el resto no les importa si les gusta como eres, si lo demás es solo un trámite, algo que no afectará a lo que sientan por mí. Me gusta que la gente se acomode delante mío, que se sienta como en casa y que no tenga miedo por mi indiscreción. Me gusta darles la libertad de elegir el tema de conversación, me gusta que nada les impida ser ellos mismos, que me cuenten si lo desean sin miedo a ser juzgados... me gusta que busquen de mí una sonrisa, un apoyo en cualquier decisión propia... me gusta poder darles la calma de una compañía sin condiciones, sin explicaciones, siendo tan solo como son.

Y porque me gusta todo eso, me cuesta mucho dar explicaciones, justificarme ante los demás y en alguna que otra ocasión utilizar la mentira piadosa para salir del paso... he odiado siempre la desconfianza que me hacía sentir el pensar que una decisión mía iba a ser juzgada o estudiada hasta que llegara a convencer.

Acostumbré mal a algunas personas... les hice sentirse dueños de mi tiempo y de mi misma hasta el punto de contar el porque no respondía a esa llamada de teléfono, que hacía en ese momento, porque me acosté tan tarde, con quien iba a ir aquella noche, porque no seguía trabajando allí. Era como escribirles un diario constante, era como sentirme culpable si algo no me apetecía y mentía para salir del paso, era sentirme espiada, controlada...

Deberíamos aprender a no responder si no queremos, a decir la verdad duela a quien le duela o sea lo que esperan o no de ti... deberíamos aprender a respetar las decisiones ajenas solo por el hecho de que no nos pertenecen, son de otros, son la vida de otros y lo que ellos sienten. Deberíamos aprender que muchas de esas insistencias carecen de sentido alguno, que nadie está obligado a explicar algo que no desea explicar, que a no ser que su decisión afecte directamente a nuestra vida, a nuestros sentimientos, es suya y solo suya, que tiene derecho absoluto a reservarla para si mismo... que no tenemos derecho a juzgarla, que no nos gustaría el mismo trato por su parte.

Recuerdo momentos de esos en los que mandarías lejos a más de uno por intentar complicarte la existencia... recuerdo preguntas personales sobre cosas personales que no cambian como eres, que no deben cambiar la opinión ya formada sobre ti, pero que lamentablemente con depende quien, ocurre. Recuerdo miradas de extrañeza por tus respuestas o acusatorias por no querer contestar... recuerdo sentirme mal delante de ojos clavados en mi mirada esperando de mí una confesión sobre cualquier cosa que pudiera suscitar su interés o llenar su mente de prejuicios que terminarían por juzgarte.



Por todo eso... cuando mi respuesta es el silencio, me siento libre... porque en ese instante, ha dejado de importarme lo que opinen de mí.




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